Mostrando entradas con la etiqueta incas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta incas. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de agosto de 2011

"Civilización o Barbarie" Lo que nos enseñaron y lo que es...!!!

Investigando sobre Los Pueblos Originarios de América del Sur, me acordé del famoso Manual del Alumno Bonaerense con el que muchos de nosotros hemos estudiado. La historia de quienes nos precedieron en este suelo nos la contaba de una forma muy especial, por no decir mentirosa. Nos mostraban dibujitos de este tipo:
Claro nosotros enseguida relacionábamos Indígenas =Barbarie, Colonizadores=Civilización. Pero resulta ser que  la realidad fue otra. Miren una muestra de un traje típico Inca de aproximadamente el Siglo XIV:
y comparen con esta pintura de gente en trajes típicos de Europa del Siglo XIV:
No solo no hay tanta diferencia en el tratamiento que le daban a la telas. sino que, dependiendo del gusto de cada quien, se podría decir que es mucho más bonito y trabajado la vestimenta Inca que la Europea...!!!

¡ PARA PENSARLO...!!!

martes, 16 de agosto de 2011

Vestimenta Inca


Vestimenta Inca


Hacia el siglo XII, expandidos y asentados en el valle del Cuzco, los incas constituyeron un imperio que dominó gran parte del territorio de la América del Sud pre-hispánica, subordinando a las poblaciones precolombinas de los alrededores.

A partir de la conquista incaica, entonces, la vestimenta sirvió para diferenciar las distintas etnias y territorios, como así también la clase social.


De la misma manera, así como el tipo de ropa utilizada determinaba el origen del inca, también existían un conjunto de elementos que los unificaba: el derecho a llevar uncu , chullu (túnica masculina) y demás adornos que lo identificaban como grupo. Esta metodología se conservó hasta la llegada de los españoles, quienes intentaron unificar, aún más, la vestimenta local, entendiendo que ésta era una sola a lo largo y ancho de todo el imperio. 

Los materiales básicos eran el algodón y la lana, en sus diferentes variantes, alpaca y vicuña. La primera de mayor simpleza y la segunda, destinada a las clases más altas. Famosos por sus tejidos que pueden conocerse hoy en día gracias a la conservación que mantuvieron en virtud al clima desértico y pese a las tumbas en donde se hallaron, las mujeres incas eran las encargadas de hilar y tejer, tanto para el seno de la familia como para los gobernantes, magníficas telas tejidas, en pago del tributo. Los tejidos eran decorados por bordadores especializados; los motivos consistían en formas geométricas e imágenes de animales y seres humanos. A menudo, con este tipo de telas de tapicería se confeccionaban vestidos. Asimismo, el vestuario inca se caracterizaba por especial cuidado en el tocado, las clases más altas llevaban la insignia real que consistía en flecos agarrados con un cordón multicolor, adornado en la parte superior con plumas de aves.

Las mujeres vestían de manera sencilla. Lo que las diferenciaba a una de otras según su clase, no era la complejidad en la confección sino la calidad de los géneros con que estaban fabricados los vestidos. La ropa típica era una túnica rectangular que se colocaba por la cabeza, ancha, que se ceñía a la cintura con un lazo y cuya extensión llegaba hasta los tobillos. Sobre el vestido, llevaban una capa tejida de alpaca. Las damas de la nobleza tenían el privilegio de llevar telas más sofisticadas y coloridas, como así también capas de vicuña. 

En cuanto al peinado, las mujeres lo usaban con una ralla al medio y muy largo. Al igual que la ropa, que no solo tenía carácter funcional, el cabello también connotaba estados particulares de la persona: durante el duelo se llevaba más corto, como signo de belleza representaba un especial cuidado, etc. Los peinados iban cubiertos con un pequeño manto llamado ñañaca o pancpacuna. En relación con la vestimenta masculina, los hombres comunes usaban un especie de poncho llamado onka que, normalmente, era tejido en alpaca. Encima de esta prenda, y en los días de frío, usaban una capa, también tejida, que se llamaba yacolla.

A ésta indumentaria se sumaba un taparrabo, el wara cicoy, entre las piernas. Para las clases altas cobraba especial significación, la virilidad del portador. 

Los hombres también llevaban accesorios, que variaban según el rango y la ocasión en que eran usados: peines elaborados con espinas, madera, orejeras y alfileres de cobre, plata y oro.

Fuente:  http://www.laguia2000.com/peru/vestimenta-inca





domingo, 10 de julio de 2011

La Moral Inca admirada por Manuel Belgrano

La Moral:
Se sintetizó en 3 sabias frases: "No seas ladrón, no seas perezoso, no seas mentiroso".
La vida moral de los antiguos peruanos se orientó en tres máximas fundamentales:
·   Ama sua. No seas ladrón.
·  Ama llulla. No seas mentiroso
·  Ama quella. No seas ocioso (haragán)


          Nunca tuvieron pena pecuniaria ni confiscación de bienes, porque decían que castigar en la hacienda y dejar vivos los delincuentes no era desear quitar los malos de la república, sino la hacienda a los malhechores, y dejarlos con más libertad para que hiciesen mayores males. Si algún curaca se rebelaba (que era lo que más rigurosamente castigaban los Incas) o hacía otro delito que mereciese pena de muerte, aunque se la diesen, no quitaban el estado al sucesor, sino que se lo daban, representándole la culpa y la pena de su padre para que se guardase otro tanto. Pedro de Cieza de León dice de los Incas a: "Y tuvieron otro aviso para no ser aborrecidos de los naturales, que nunca quitaron el señorío de ser caciques a los que les venía de herencia y eran naturales; y si por ventura alguno cometía delito, o se hallaba culpado en tal manera que mereciese ser privado del señorío que tenía, daban y encomendaban el cacicazgo a sus hijos o hermanos, y mandaban que fuesen obedecidos por todos, etc." . Lo mismo guardaban en la guerra, que nunca descomponían los capitanes naturales de las provincias de donde era la gente que traían para la guerra; les dejaban con los oficios aunque fuesen maeses de campo, y les dejaban otros de la sangre real por superiores; y los capitanes holgaban mucho de servir como tenientes de los Incas, cuyos miembros decían que eran ministros y soldados suyos; lo cual tomaban los vasallos por grandísimo favor. No podía el juez arbitrar sobre la pena que la ley mandaba dar, sino que la había de ejecutar por entero, so pena de muerte, por quebrantador del mandamiento real. Decían que dando licencia al juez para poder arbitrar, disminuían la majestad de la ley, hecha por el rey con acuerdo y parecer de hombres tan graves y experimentados como los había en el consejo; la cual experiencia y gravedad faltaba en los jueces particulares, y que era hacer venales los jueces y abrirles puerta para que, o por cohechos o por ruegos, pudiesen comprarles la justicia, de donde nacería grandísima confusión en la república, porque cada juez haría lo que quisiese, y que no era razón que nadie se hiciese legislador sino ejecutor de lo que mandaba la ley, por rigurosa que fuese. Cierto, mirado el rigor que aquellas leyes tenían, que por la mayor parte (por liviano que fuese el delito, como hemos dicho) era la pena de muerte, se puede decir que eran leyes de bárbaros; empero considerado bien el provecho que de aquel mismo rigor se le seguía a la república, se podrá decir que eran leyes con tanta severidad, y de amar los hombres naturalmente la vida y aborrecer la muerte, venían a aborrecer el delito que la causaba; y de aquí nacía que apenas se ofrecía en todo el año delito que castigar en todo el imperio del Inca; porque todo él, con ser mil y trescientas leguas de largo, y haber tanta variedad de naciones y lenguas, se gobernaba por unas mismas leyes y ordenanzas, como si no fuera más de sola una casa; valía también mucho para que aquellas leyes las guardasen con amor y respeto, que las tenían por divinas; porque como en su vana creencia tenían a sus reyes por hijos del Sol, y al Sol por su dios, tenían por mandamiento divino cualquiera común mandamiento del rey, cuando más las leyes particulares que hacía para el bien común. Y así decían ellos que el Sol las mandaba hacer, y las revelaba a su hijo el Inca; y de aquí nacía tenerse por sacrilegio y anatema el quebrantador de la ley, aunque no se supiese su delito; y acaeció muchas veces que los tales delincuentes, acusados de su propia conciencia, venían a publicar ante la justicia sus ocultos pecados; porque además de creer que su ánima se condenaba, creían por muy averiguado que por su causa y por su pecado venían los males a la república, como enfermedades, muertes y malos años, y otra cualquiera desgracia común o particular; y decían que querían aplacar a su dios con su muerte, para que por su pecado no enviase más males al mundo; y de estas confesiones públicas entiendo que ha nacido el querer afirmar los españoles historiadores que confesaban los indios del Perú en secreto, como hacemos los cristianos, y que tenían confesores diputados; lo cual es relación falsa de los indios, que lo dicen por adular los españoles y congraciarse con ellos, respondiendo a las preguntas que les hacen conforme al gusto que sienten en el que les pregunta, y no conforme a la verdad: que cierto no hubo confesiones secretas en los indios, sino las confesiones públicas que hemos dicho, pidiendo castigo ejemplar.
No tuvieron apelaciones de un tribunal para otro en cualquier pleito que hubiese civil o criminal, porque no pudiendo arbitrar el juez, se ejecutaba llanamente en la primera sentencia la ley que trataba de aquel caso, y se fenecía el pleito; aunque según el gobierno de aquellos reyes y la vivienda de sus vasallos, pocos casos civiles se les ofrecían sobre qué pleitear. En cada pueblo había juez para los casos que allí se ofreciesen; el cual era obligado a ejecutar la ley, oyendo las partes, dentro de cinco días. Si se ofrecía algún caso de más calidad o atrocidad que los ordinarios, que requiriese juez superior, iban al pueblo metrópoli de la tal provincia, y allí lo sentenciaban; que en cada cabeza de provincia había gobernador superior para todo lo que se ofreciese, porque ningún pleiteante saliese de su pueblo o de su provincia a pedir justicia. Porque los reyes Incas entendieron bien que a los pobres, por su pobreza, no les estaba bien seguir su justicia fuera de su tierra ni en muchos tribunales, por los gastos que se hacen y molestias que se padecen, que muchas veces monta más esto que lo que van a pedir; por lo cual dejan perecer su justicia, principalmente si pleitean contra ricos y poderosos, los cuales con su pujanza ahogan la justicia de los pobres. Pues queriendo aquellos príncipes remediar estos inconvenientes, no dieron lugar a que los jueces arbitrasen, ni hubiese muchos tribunales, ni los pleiteantes saliesen de sus provincias. De las sentencias que los jueces ordinarios daban en lo pleitos hacían relación cada una a otros jueces superiores, y aquellos a otros más superiores, que los había en la corte de muchos grados, conforme a la calidad y gravedad de los negocios; Porque en todos los ministerios de la república había orden de menores a mayores, hasta los supremos, que eran los presidentes o virreyes de las cuatro partes del imperio. La relación era para que viesen si se había administrado recta justicia, porque los jueces inferiores no se descuidasen de hacerla; y no la habiendo hecho, eran castigados rigurosamente. Esto era como residencia secreta que les tomaban cada mes. La manera de dar estos avisos al Inca y a los de su consejo supremo era por nudos, dados en cordoncillos de diversos colores, que por ellos se entendían como por cifras, porque los nudos de tales y tales colores decían los delitos que se habían castigado, y ciertos hilillos de diferentes colores, que iban asidos a los cordones más gruesos, decían la pena que se había dado y la ley que se había ejecutado; y de esta manera se entendían, porque no tuvieron letras; muchas veces ha causado admiración a los españoles ver que los mayores contadores de ellos son reyes en su aritmética, y que los indios estén tan ciertos en las suyas de particiones y compañías, que cuanto más dificultosa, tanto más fáciles se muestran; porque los que las manejan no entienden en otra cosa de día y de noche, y así están diestrísimos en ella.
            Si se levantaba alguna disensión entre dos reinos y provincias sobre términos o sobre los pastos, enviaba el Inca un juez de los de la sangre real, que habiéndose informado, y visto por sus ojos lo que a ambas partes convenía, procurarse concertarlas, y el concierto que se hiciese diese por sentencia, en nombre del Inca, que quedase por ley inviolable, como pronunciada por el mismo rey. Cuando el juez no podía concertar las partes, daba relación al Inca de lo que había hecho, con aviso de lo que convenía a cada una de las partes, y de lo que ellas dificultaban, con lo cual daba el Inca sentencia hecha ley, y cuando no le satisfacía la relación del juez, mandaba se suspendiese el pleito hasta la primera visita que hiciese de aquel distrito, para que habiéndolo visto por sus ojos, lo sentenciase él mismo. Esto tenían los vasallos por grandísima merced y favor del Inca.